Caminos cruzados en un mundo en competencia

Mientras China consolida la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI), en el marco del G20 y con Estados Unidos a la cabeza, se ha anunciado la creación de un nuevo corredor económico. ¿Es esta una alternativa al proyecto chino? Por Sofía Meijide y Agustín Mastragostino.

En septiembre, los Estados Unidos, India, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Francia, Alemania, Italia y la Unión Europea (UE) firmaron en el marco de la Asociación para la Inversión Global en Infraestructura (PGII) promovida por el G7, un Memorando de Entendimiento (MoU) que busca lanzar un nuevo corredor económico que unirá India, Medio Oriente y Europa (IMEC). Esta iniciativa se suma a otras como el Global Gateway de la UE o el programa Build Back Better World (B3W) impulsado por Estados Unidos. Todos proyectos con un denominador común, buscan contrarrestar la influencia de China. Sin embargo, el gigante asiatico parece estar varios pasos adelante

Parecidos pero diferentes

En lo que respecta a los proyectos, ambos contemplan el desarrollo de rutas marítimas y terrestres e infraestructura para mejorar la conectividad entre las regiones. Abarcan desde puertos y redes ferroviarias, pasando por redes de telecomunicaciones y electricidad, hasta gasoductos y oleoductos. 

No obstante, en el alcance asoman las primeras diferencias. El IMEC está compuesto por dos corredores, uno Este, que conecta a la India con el Golfo Pérsico / Arábigo, y un corredor Norte, que une a este último con Europa. Mientras tanto, la BRI incluye una serie de corredores que abarcan Asia, África, Europa e incluso América Latina. Una tiene un alcance limitado, mientras la otra es de alcance global.

En cuanto a sus miembros, 150 son los países que firmaron el MoU con China para ser parte de la BRI, mientras que el IMEC incluye solo a 7 países más la Unión Europea (UE – 27, incluyendo a Italia, Alemania y Francia). Además, algunos países que son parte de esta segunda iniciativa también lo son de la BRI. Este es el caso de algunos países de la UE, aunque países como Italia o Lituania están reconsiderando su salida del proyecto chino.

Por otra parte, hay que analizar la estructura real de los proyectos. Hace 10 años que China viene invirtiendo en la Nueva Ruta de la Seda. Para 2020, China ya había invertido más de U$S 460.000 millones en proyectos en el marco de la BRI, alcanzando a los 5 continentes. Para tomar una pequeña dimensión de su alcance, la BRI intervino en la construcción, ampliación y modernización de 117 puertos en 40 países. Además, ha generado una red diplomática a través del Foro de la BRI en donde se discute la evolución y los alcances de este proyecto. Aunque China ha mermado su inversión en el último tiempo y el IMEC puede potenciarse con otros proyectos del PGII, Occidente igual parece haber llegado tarde

Más allá de la infraestructura 

Ambas iniciativas, por su alcance y profundidad, son la prueba cabal de que la logística es central en el siglo XXI, no sólo para acortar distancias y abaratar costos en el intercambio de bienes y servicios, sino también como un instrumento de poder en la competencia geopolítica entre las grandes potencias. Quien tenga la capacidad de proveer bienes públicos globales tendrá bajo su poder a una buena parte del comercio mundial en las próximas décadas y con él, el control de importantes recursos estratégicos. En esa línea, aparecen algunos interrogantes.

Primero toca preguntarnos quién es el verdadero protagonista de esta nueva iniciativa. En el caso de la Nueva Ruta de la Seda, es China quien invierte en el resto del mundo, generando interdependencia en términos financieros y la pieza “clave” para el desarrollo de sus miembros. De hecho, las llamadas “trampas de deuda” serían parte de ese beneficio. China, por medio de su Banco Central u otros bancos o empresas estatales, presta dinero cuando los mismos deudores del proyecto no pueden afrontar los costos. Además, busca potenciar su comercio, controlar las rutas comerciales por donde pasan sus bienes y servicios y garantizarse un suministro seguro de recursos energéticos.

En el caso del IMEC, al ser una iniciativa conformada por siete países más la Unión Europea y que tiene de fondo el auspicio del G7 por medio del PGII con un compromiso de invertir hasta 600 mil millones de dólares en infraestructura, se hace más difuso conocer quien lleva la impronta de este proyecto. Aun así, no resulta extraño pensar que los Estados Unidos se encontrarían a la cabeza del desarrollo del IMEC como parte de su política de contención hacia China. A partir de aquí, el interrogante que surge es si actuará como su principal y único inversor, o más bien intentará seguir una lógica de coaliciones en donde cada uno de sus miembros haga su aporte para la ejecución y funcionamiento de estos corredores, aunque siendo funcionales a los intereses norteamericanos. Saber si vamos a hablar de un 1 vs 1 o de un 1 vs 1+7, considerando además que esos 8 actuarán en un campo de acción más reducido, puede darnos indicios de lo que ha crecido China en términos reales y de lo complicado que está siendo para los Estados Unidos contener esa expansión de manera solitaria. 

A partir de esto último, es necesario pensar si realmente los intereses de las partes involucradas en el IMEC son los mismos que tienen en su cabeza los funcionarios norteamericanos. Cuando pensamos en China y la BRI, los intereses corren de forma unívoca en dirección a los deseos de Beijing que es quien diseña los proyectos, invierte el dinero y los ejecuta. En el caso del IMEC, esto se vuelve un poco más complejo. Si ponemos la lupa en cada uno de sus integrantes podemos encontrarnos con intereses que, aunque no son divergentes, tampoco parecen tan complementarios. 

India, por un lado, parece la más cercana a los intereses norteamericanos de contener a China. Desde 2020, ambos países se encuentran confrontados en el ámbito económico, militar e incluso el diplomático, buscando la India ser un actor con más peso en el Sur Global en donde China parece ser el primus inter pares. Para la India, resulta estratégico tener un control sobre las aguas del Índico. Su principal desafío es tener los recursos para desarrollar semejante proyecto y que sea una alternativa real a la BRI. Recursos de los que hoy carece y solo se los puede proveer un actor, Estados Unidos. 

En el caso de los países de Medio Oriente, su principal interés no parece ser la utilización del IMEC como herramienta de contención hacia China. Parece más probable que estén en la búsqueda de ser un polo o hub logístico que una al Índico con el Mediterráneo a través de la Península Arábiga y así mantener cierta centralidad en el escenario internacional. Además, no hay que olvidar que países como Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos e Irán tienen amplios acuerdos de infraestructura, de cooperación en materia tecnológica y comercio de recursos energéticos con China y que implican la inversión de miles de millones de dólares. Para la región, China y Estados Unidos, la BRI y el IMEC, son opuestos complementarios.

La Unión Europea, en tanto, nuevamente en un delicado equilibrio mal llamado autonomía estratégica. Entre competir -junto a Estados Unidos- y cooperar con China. Con el IMEC se vuelca más a lo primero, aunque sumar infraestructura energética con destino a Bruselas parece un interés más urgente. Lo importante (China) puede esperar.

Por último, hay que hablar de los modelos de desarrollo. Con la BRI y la generación de los BRICS, China no solo ha revolucionado, sino que también ha exportado un nuevo modelo de desarrollo basado en infraestructura, que parecería ser beneficioso para el Sur Global. De ese modo, que los países occidentales estén repensando sus iniciativas de desarrollo global, inspirándose en el modelo chino, sobretodo de cara a las naciones en desarrollo, implica que la intención de China de reescribir las reglas del juego y generar un reordenamiento de la estructura de poder está teniendo relativo éxito. 

Del deseo a la realidad

Aunque es un proyecto ambicioso, todavía quedan algunos interrogantes por responder. Por un lado, el proyecto debe concretarse, es decir, debe emprenderse la planificación detallada de infraestructura, definirse las proyecciones presupuestarias y comenzar a operarse. Hasta ahora solo se han trazado las rutas potenciales del proyecto. No es un dato menor el hecho de que no esté definido cuánto se invertirá y en cuánto tiempo. Si Estados Unidos o la UE fallan en proveer los recursos suficientes a países como Arabia Saudita o los Emiratos Árabes Unidos, China seguirá siendo el elegido. 

Pero por el otro, para que eso ocurra, todos los países deben seguir igual de convencidos sobre la iniciativa, deben tener los recursos para hacerle frente y no deben superponerse intereses. En esa línea, la nueva guerra en Medio Oriente que enfrenta a Israel y Hamas, en el marco de un conflicto histórico, podría resultar en un problema. 

A la ya conocida guerra en Ucrania, con este conflicto a Estados Unidos se le suma un nuevo frente de gasto público. Según Joe Biden, que Israel y Ucrania triunfen es “vital para la seguridad nacional de los Estados Unidos”. ¿Pueden los Estados Unidos invertir cientos de miles de millones de dólares en infraestructura para Medio Oriente mientras que, al mismo tiempo, colabora en el esfuerzo de guerra de Ucrania e Israel? Incógnitas para una superpotencia saturada. También, el conflicto puede impactar de manera directa en la relación entre Estados Unidos y Arabia Saudita, por la postura de este último frente a Israel.

Además, aunque la lógica de esferas de influencia a veces lo demande, presentar proyectos “excluyentes” puede ser perjudicial para ganar una competencia en un mundo que no parece querer elegir (todavía) entre uno de los dos bandos. Algunos analistas sugieren que esta lógica de suma cero puede no ser fructífera para el nuevo proyecto, argumentando que hoy los países colaboran con múltiples socios, más allá de la afinidad entre ellos. 

En síntesis, el avance Chino es un hecho. Mientras el gigante asiático sigue consolidando su presencia, Occidente, y especialmente Estados Unidos, acrecientan sus esfuerzos para contener esa expansión que comenzó siendo un inconveniente, pero ya empieza a ser, para ellos, un problema. 

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Pablo Agustín Mastragostino
Pablo Agustín Mastragostino

Licenciado en Relaciones Internacionales (Universidad Nacional de Lanús). Docente en la Universidad Belgrano y Universidad Nacional de Lanús. Investigador del Observatorio Estratégico de los Mares de China de la Facultad Militar Conjunta. Especializado en temas vinculados a la geopolítica, la energía y nuevas tecnologías.

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